BUENOS AIRES / ABEL ALEXANDER, EL INVESTIGADOR QUE REVIVE EL PASADO

Es historiador de fotografías antiguas. Y tiene una colección que supera los 70 mil retratos. Una pasión heredada de su tatarabuelo.

Abel Alexander, historiador de la fotografía, solía subirse al tren San Martín en la estación Lacroze para ir a su casa de San Miguel, en el noroeste bonaerense. Eran los años ‘90, e incluso principios del 2000, cuando trabajaba en Clarín junto a su amigo fotógrafo, Miguel Ángel Cuarterolo, quien lo acercaba con su auto hasta Chacarita.

En el camino desde Barracas hablaban de fotos. Tanto les apasionaba el tema que a veces seguían conversando en un bar venido a menos en la avenida Federico Lacroze y Fraga. Había tres mesas de pool, dos o tres parroquianos y nadie más. Ah, y ellos dos, que tradicionalmente ocupaban la mesa que daba a una de las ventanas.

Antes de profundizar en esta breve historia de amistad y pasiones, vale aclarar que Alexander tiene una lista de causalidades (o casualidades) que lo ligaron a la fotografía. Veamos por qué.

Su tatarabuelo se llamaba Adolf Alexander y nació en Hamburgo, Alemania, en 1822. Fue de los primeros daguerrotipistas y fotógrafos en Hamburgo y Hamelín. Luego, y previo paso por Chile, fue el primero de su familia en llegar a la Argentina: San Juan y Mendoza inicialmente, y Buenos Aires por último. En nuestro país llegó a tener tres estudios de fotografía. Uno de ellos frente al Cabildo. Sus descendientes también continuaron el oficio.

El tema es que Abel supo de este antecedente familiar recién a sus casi 30 años, tras incursionar en la fotografía social como medio de vida en su primera juventud.

Una tarde, revisando materiales familiares con su padre, el ayudante de fotografía arquitectónica Alberto Francisco Enrique Alexander, descubrió en una habitación una serie de cámaras y demás elementos antiguos.

“En mi familia casi nunca se hablaba de nuestros antepasados. Pero ese día mi papá me contó que mi bisabuelo había sido fotógrafo, y que mi tatarabuelo se inició en el oficio de linotipista y fue uno de los primeros en ejercer ese oficio en Chile y en la Argentina. Me emocionó ver todo lo que mi padre había heredado. Así fue como empecé a investigar. Desconocía de los antecedentes, pero algo debió influir, porque a mí, sin saber de la historia familiar, la fotografía siempre me había gustado”, le dice Abel Alexander a Viva.

Al conocer el oficio de sus antepasados, Abel recordó cuánto había disfrutado su período como fotógrafo, a partir de los 19 o 20 años. Si bien tuvo que cambiar de profesión porque encontró mejores ingresos económicos en un empleo de oficina, su pasión estaba en el retrato.

Nunca había tenido cámara, hasta que un amigo de su padre le prestó una de 35 milímetros para que llevara a un viaje a Mar del Plata y Tandil. Corría el año 1963.

“Cuando volví, llevé los rollos a revelar al fotógrafo de mi barrio, en San Miguel. Al buscar las copias, el dueño, que estaba con sus amigos, les dijo: ‘Acá está el genio que sacó las fotos que tanto les gustaron, muchachos’. Me hicieron preguntas, me dijeron que les gustaba el material y no me creían que hubiera sido la primera vez que utilizaba una cámara así. Al poco tiempo me dieron trabajo como fotógrafo social en ese local. Compré equipos, un flash electrónico, un pequeño laboratorio y así me fui armando. Pero al poco tiempo dejé, porque encontré trabajo en una empresa y me pagaban cuatro veces más que sacando fotos.” Desde aquel descubrimiento, Abel quedó obsesionado por la figura de su tatarabuelo. Quiso saber quién era pero no había bibliografía. Apenas algunos datos. “Mi reingreso a la fotografía no fue como fotógrafo sino como investigador”, dice.

Grabado en el ADN

Al averiguar en su genealogía, descubrió que desde 1700 los Alexander tienen la costumbre de que al menos uno de los varones de cada descendencia tenga un nombre con la A como inicial. Abel no cambia el mandato: uno de sus hijos se llama Axel. Y es fotógrafo. El otro, Adolfo, no se dedica al rubro pero homenajea al antepasado a través del nombre.

Abel viajaba desde San Miguel a Buenos Aires para visitar bibliotecas. Una investigadora alemana le informó que su tatarabuelo, además, fabricaba cámaras de daguerrotipo. Los hermanos de Abel (Alfredo, Amadeo y María Angélica) cedieron materiales familiares para ayudar a armar el rompecabezas.

“No sé por qué me influyó tanto mi tatarabuelo. Tal vez porque fue un masón destacado. Quizás porque fue el fundador de la familia en la Argentina, el primer Alexander en el país. Me sorprendió lo temprano que se dedicó a este oficio. Fue un hombre muy trabajador. Antes nadie lo conocía, pero ahora, con lo que investigué, muchos saben quién fue”, se jacta.

Nosotros, los coleccionistas de fotos, al descubrir una imagen tenemos que saber quién la tomó, en qué año, dónde. Investigar una foto es investigar todos los campos de la historia.

Abel Alexander

Su obsesión lo llevó también a juntar fotos antiguas. “Cajas y cajas”, dice que guarda en su casa. Pero no sabe cuántos retratos son: “Tal vez 70 mil, tal vez 100 mil”, arriesga. “Nunca los conté.” Son de todas las épocas y de todos los tipos. “Pero mi especialidad son las fotos del siglo XIX”, aclara.

Publicó libros. El último se titula Estos débiles papeles son más fuertes que los ladrillos, editado por la Fundación ArtexArte, cuyo editor es Francisco Medail. En sus páginas nos recuerda que los europeos y estadounidenses fueron los primeros en desarrollar la fotografía. Y que en la Argentina el proceso fotográfico se remonta a 1843. Lo común, por entonces, era fotografiar casas o ciudades y pueblos. Pero había quienes, aventureros, se lanzaban a retratar los caminos llevando a cuestas voluminosos equipos.

Fueron los parisinos quienes, durante el siglo XIX, dieron los primeros pasos para lo que hoy se conoce como erotismo fotográfico. En su libro, Alexander señala “imágenes dedicadas al desnudo femenino de carácter erótico y aún pornográfico”, y da cuenta de que uno de los primeros antecedentes data de 1839, se titula Naturaleza muerta con escultura y es obra del fotógrafo Louis Jacques Mandé Daguerre.

Revivir el pasado

En 1985, Abel fue uno de los fundadores del Centro de Investigaciones sobre Fotografía Antigua en la Argentina Dr. Julio F. Riobó. Diez años después creó la agrupación Amigos de la Cámara Fotográfica. Hoy es el presidente de la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía (SIHF).

Sobre la foto más antigua en su poder, responde: “Es un daguerrotipo en miniatura que mide 1.50 cm por 1 cm de ancho. Está protegido por una lupa y engarzada a un anillo de plata. Es un retrato de la madre de mi tatarabuelo, que murió en 1845 o 1847. Debe ser el daguerrotipo más chico de la Argentina”.

Con los años aprendió cómo conseguir reliquias. Los viejos botelleros, cuenta, son para él algo así como embajadores culturales. “Muchas veces descubren fotos viejas en la basura y las venden en los mercados de pulgas, donde a su vez las compran los coleccionistas”, explica.

“Así, muchas fotos se salvaron de perderse en el olvido”, sostiene. Y así, también, él consiguió un retrato original de Bartolomé Mitre. Pero su amigo Silvio Killian, en cambio, halló otro también original del General Julio Argentino Roca. Data de 1890.

Lamenta que por diversos motivos haya quienes se deshagan de las fotos familiares. Las queman, las entierran o las dejan al mudarse de una casa. “Es como sacarse el pasado de encima”, compara.

“Nunca tuve plata como para comprar todas las fotos que hubiese querido. Vivir de la fotografía antigua no proporciona fortuna. A mí las fotos me interesan como documento histórico visual”, le dice a esta revista.

Y agrega que, si bien todos los trabajos son dignos, el del fotógrafo es especial: “Porque el producto de su trabajo es un documento inapreciable de un pasado. Son historiadores visuales. Así como existe el antropólogo o el arqueólogo, yo me autotitulo fotólogo, una expresión que inventé. Porque nosotros, los coleccionistas de fotos, al descubrir una imagen tenemos que saber quién la tomó, en qué año, dónde. Investigar una foto es investigar todos los campos de la historia.”

Las casualidades

Ahora volvamos a finales de los ‘90, principios de los 2000. Los tiempos de los dos amigos que se reunían en el bar de Chacarita. El 23 de noviembre de 2002, y con 51 años, falleció Miguel Ángel Cuarterolo. Abel sintió el golpe. “Fue un amigo tremendo, que me ayudó a tener lo que tengo hoy. Además de alguien irreemplazable”, lamenta

Nunca tuve plata como para comprar todas las fotos que hubiese querido. Vivir de la fotografía antigua no proporciona fortuna. A mí las fotos me interesan como documento histórico visual.

Abel Alexander

Desde entonces su rutina cambió. Cuando llegaba a Chacarita, se iba derecho al tren. Había perdido dos patas de su costumbre: las charlas con el amigo y las visitas al bar venido a menos.

Entonces recuerda cómo la fotografía –otra vez– incidió en su vida: “Ya no tenía razones para volver a ese bar. Pero casi un año después, y no me preguntes por qué, cuando llegué a Chacarita me dieron ganas de ir. Lo que vi fue impresionante. ¡Ese bar se estaba convirtiendo en lo que hoy es el legendario Museo Fotográfico Simik! Pero cuando íbamos con Miguel no había indicio alguno que lo ligara a la fotografía. O sea, nuestro punto de reunión era un futuro museo de fotos. No tiene razón de ser”.

La historia podría terminar ahí, aludiendo a casualidades o causalidades. Pero hay otro detalle. Abel entró y preguntó el por qué de esas viejas máquinas de fotos que se exhibían en la vidriera del bar. El encargado le contó que el dueño, Alejandro Simik, tenía un estudio de fotografía publicitaria y que, para superar la crisis económica del 2001, expuso sus antiquísimas máquinas para atraer clientes.

Abel también contó su historia y dejó su número de teléfono para que el propietario lo llamara. Simik lo llamó y luego se conocieron personalmente.

El 23 de noviembre de 2003, en ese bar que ahora es temático, homenajearon a Cuarterolo en el primer aniversario de su muerte. Incluso hay una foto suya para que se lo recuerde.

Abel Alexander se hizo amigo de Simik. Pero también se hizo amigo de Hugo Carbalo, el encargado del bar que los contactó y que les servía el café cuando iba con Cuarterolo. Con Carbalo no sólo hablaba de fotografías. También hablaban de San Miguel, la ciudad bonaerense en la que vivían ambos.

  • Fuente: Clarín.com / Viva (Buenos Aires)
  • Autor: Alejandro Duchini
  • Fecha: 02/06/2021
  • Nota A32

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